Puntos clave
- Aceitunas y encurtidos son productos de consumo masivo y rotación alta, así que el tarro se elige por coste total por unidad envasada, estabilidad de suministro y fiabilidad del cierre, más que por el diseño.
- El cierre Twist-Off y el sistema de vacío son el corazón del proyecto: la tapa debe garantizar la estanqueidad y el botón de vacío, y la boca del tarro debe respetar tolerancias muy ajustadas para que no haya mermas por fuga.
- El envase debe resistir el tratamiento térmico de pasteurización, la humedad del transporte y la normativa de etiquetado de cada mercado, incluidas las advertencias frontales de Chile y Perú.
Los encurtidos y las conservas vegetales son una de las categorías más sólidas del negocio alimentario en el mundo hispanohablante. España mantiene una cultura de la aceituna y del encurtido muy arraigada, con una producción de aceituna de mesa que se exporta a todo el mundo; México, Perú, Argentina y Colombia consumen encurtidos y conservas vegetales a diario como acompañamiento de comidas tradicionales; y el mercado hispano de Estados Unidos demanda esos mismos productos con formatos y sabores reconocibles. A esto se suman las conservas de pescado en vidrio, los pimientos asados, las conservas de fruta en almíbar y las salsas de tomate, que comparten tarro y lógica de llenado.
Para un envasador, un importador o una marca propia, esta categoría plantea un reto muy distinto al de las bebidas. Aquí el consumidor no paga por exclusividad, paga por confianza y por precio. El tarro debe ser barato en relación con el contenido, soportar la pasteurización sin romperse, cerrar de forma absolutamente fiable y llegar intacto a la estantería. Un solo lote con el vacío defectuoso puede provocar devoluciones masivas y dañar la marca durante años, porque en alimentación la seguridad no admite excepciones.
Esta página está dirigida a envasadores, importadores, distribuidores y marcas propias que necesitan tarros de conservas y encurtidos al por mayor. Reúne los criterios que conviene resolver antes de pedir oferta: capacidad y formato del tarro, tipo de cierre, vidrio y comportamiento térmico, etiquetado por mercado, control de calidad y logística. Está pensada para el comprador profesional que sabe que en esta categoría el céntimo por unidad pesa, pero que la seguridad pesa todavía más.

El cuello corto de tipo lug finish permite un cierre rápido y seguro en tarros de conserva de alta rotación.
Por qué las conservas y los encurtidos son un negocio de volumen
La economía de un proyecto de conservas se sostiene sobre el volumen. Cuanto mayor es la cantidad envasada, más importa cada gramo de vidrio, cada décima de segundo de la línea y cada céntimo del cierre. Un tarro ligeramente más pesado puede resistir mejor el transporte, pero también encarecer el flete de miles de palés; una tapa ligeramente más barata puede ahorrar mucho dinero en un pedido grande, pero si falla el vacío el coste real es incomparablemente mayor. En esta categoría, el comprador profesional elige con criterios de coste total y de riesgo, no solo de precio unitario.
La segunda característica de la categoría es la estacionalidad. La aceituna y el encurtido tienen picos de demanda claros, y la campaña de recolección condiciona el calendario de envasado. Esto significa que las compras de tarros se concentran y que la capacidad del proveedor en esos meses determina si el envasador puede o no atender la campaña. Un proveedor que solo gana por precio, pero que no garantiza capacidad en el pico, puede dejar a su cliente sin producto en el peor momento posible.
La tercera característica es la sensibilidad al envase en destino. Una conserva o un encurtido se transporta a menudo a larga distancia, en contenedor, con variaciones de temperatura y humedad. Un cierre que se afloja, un vidrio que no soporta la manipulación portuaria o un tarro que se rompe en la estiba generan pérdidas difíciles de recuperar, porque el producto ya está envasado y no se puede reutilizar. Por eso la resistencia mecánica y la robustez del embalaje secundario tienen en esta categoría un valor comercial directo.
Capacidades y formatos del tarro de conserva
La capacidad del tarro se fija en función del contenido, del canal y de la costumbre del consumidor. Los formatos pequeños sirven para raciones individuales, hostelería y aperitivo; los medianos son el caballo de batalla del consumo doméstico; los grandes se dirigen a familias numerosas, al canal HoReCa y a un consumidor que busca mejor relación calidad–precio. En algunos mercados latinoamericanos el formato de un litro tiene una presencia muy fuerte, mientras que en España el 370 a 720 ml domina el lineal.
| Tipo de conserva | Capacidad habitual | Formato de tarro | Boca y cierre |
|---|---|---|---|
| Aceitunas enteras y deshuesadas | 200 ml, 370 ml, 720 ml | Tarro cilíndrico de hombro recto, vidrio transparente o verde | Twist-Off TO-63 o TO-82 con tapa metálica |
| Encurtidos variados y pepinillos | 370 ml, 720 ml, 1 l | Tarro cilíndrico de cuerpo alto y hombro suave | Twist-Off TO-63 o TO-70 con tapa de vacío |
| Pimientos asados y piquillos | 250 ml, 370 ml, 720 ml | Tarro de hombro ancho y boca grande para llenado manual | Twist-Off TO-82 con tapa metálica impresa |
| Banderillas y brochetas encurtidas | 370 ml, 500 ml | Tarro cilíndrico alto de cuello ancho | Twist-Off TO-63 con tapa de apertura fácil |
| Conservas de pescado en vidrio | 200 ml, 250 ml | Tarro bajo de hombro ancho, vidrio transparente | Twist-Off TO-63 o lug finish con tapa metálica |
| Conservas de fruta en almíbar | 370 ml, 500 ml, 720 ml | Tarro cilíndrico de hombro marcado y boca ancha | Twist-Off TO-82 con tapa de vacío y botón |
| Formatos de hostelería y colectividades | 1 l, 2,5 l | Tarro robusto de pared reforzada y base ancha | Twist-Off TO-100 o tapa de rosca gran diámetro |
| Formatos de aperitivo y ración individual | 100 ml, 150 ml, 200 ml | Tarro bajo de perfil ancho o cuello corto | Lug finish o Twist-Off TO-43 con tapa metálica |
La elección del formato tiene consecuencias directas sobre la línea de llenado. Un tarro de boca ancha facilita el llenado manual o semiautomático de productos en trozos, como pimientos o banderillas, mientras que un tarro de boca estrecha encarece esa operación y ralentiza la línea. En cambio, el tarro de boca estrecha reduce el consumo de tapa y mejora el aprovechamiento del espacio en el palé. El equilibrio entre facilidad de llenado y coste del cierre es una de las decisiones más importantes del proyecto y conviene resolverla con el fabricante y con el envasador antes de fijar el molde.
Conviene también pensar en el surtido. Muchas marcas quieren un tarro de 200 ml para aperitivo, uno de 370 ml para el consumo doméstico y uno de 720 ml o un litro para hostelería, todo con la misma familia visual. Si el proyecto se plantea así desde el inicio, es posible elegir dos o tres formatos compatibles y aplicarles la misma tapa y la misma decoración, con un coste de utillaje mucho menor que si cada formato se desarrolla por separado.
El cierre Twist-Off y la seguridad alimentaria
El cierre Twist-Off es el sistema dominante en conservas y encurtidos de vidrio. Consiste en una tapa metálica con una junta interior que se enrosca sobre una boca con rosca discontinua y se cierra mediante un cabezal que comprime la tapa contra el labio del tarro. Durante el tratamiento térmico, el producto se calienta, el aire interior se expande y sale, y al enfriarse se genera un vacío que mantiene la tapa firmemente adherida. Ese vacío es la garantía de conservación, y su indicador visible es el botón central de la tapa, que permanece hundido mientras la conserva no se abre.
La boca del tarro es, por tanto, una pieza de precisión. Su diámetro, la forma del labio y el perfil de la rosca deben respetar tolerancias muy ajustadas, porque la tapa se fabrica con una geometría fija y cualquier desviación de la boca compromete el sellado. Una boca ligeramente ovalada, un labio con una rebaba o una rosca mal formada producen fugas, falsos vacíos o tapas difíciles de abrir. En una línea de alta producción, estos defectos no se ven a simple vista y solo se detectan cuando el producto ya está envasado y ha pasado el tratamiento térmico.
El sistema de cierre se identifica por su diámetro nominal, y las medidas más habituales en conservas y encurtidos son las de la familia Twist-Off, que van desde las bocas pequeñas de aperitivo hasta las bocas grandes de los formatos de hostelería. Elegir un diámetro estándar facilita el suministro de tapas de varios proveedores y reduce el riesgo de dependencia de un único fabricante. Cuando la marca necesita un formato singular, conviene verificar que existan tapas compatibles en el mercado antes de encargar el molde, porque un tarro con una boca exclusiva obliga a comprar el cierre al mismo proveedor durante toda la vida del producto.
Existe también el sistema de cierre de cuello corto, habitual en tarros de miel y de conservas de alta rotación, que permite un cierre rápido con una tapa que se apoya sobre resaltos del cuello y requiere menos giro. Es muy eficiente en líneas de alta velocidad, aunque ofrece una imagen menos tradicional que el Twist-Off. La elección entre ambos sistemas depende del producto, de la velocidad de la línea y del posicionamiento de la marca.
Para fijar correctamente el diámetro y el perfil de cierre, la guía de boca y tipo de cierre de envases de vidrio resulta útil antes de encargar el molde, porque la boca condiciona toda la cadena de llenado y de cierre.
Vidrio, pasteurización y choque térmico
El vidrio es un material inerte, impermeable y reciclable de forma indefinida sin pérdida de propiedades, y en conservas esta condición se combina con una exigencia térmica alta. Durante la pasteurización, el tarro pasa de temperatura ambiente a temperaturas elevadas y vuelve a enfriarse, y ese ciclo genera tensiones en el material. Si el vidrio no está diseñado para soportarlo, o si el tratamiento es demasiado brusco, pueden aparecer fisuras que no se ven en el momento del llenado y que se manifiestan días más tarde, ya en el almacén o en el transporte.
Por eso en conservas se trabaja con vidrio de pared uniforme y con un reparto de masa que evita concentraciones de tensión en esquinas y en el fondo. Un vidrio con variaciones internas de grosor es más frágil frente al choque térmico, aunque a simple vista parezca correcto. La uniformidad del espesor no es un detalle estético: es una condición funcional que debe verificarse con instrumentos de medida y formar parte del pliego de condiciones acordado con el proveedor.
El color del vidrio cumple funciones distintas según el producto. El transparente se emplea cuando el color del contenido es un argumento de venta, como en los pimientos, las banderillas o las conservas de fruta en almíbar. El verde se asocia a la aceituna y al encurtido y protege parcialmente de la luz. El ámbar se reserva para productos sensibles a la luz y para conservas de imagen más rústica. En cualquier caso conviene fijar por escrito el color de referencia y aprobar una muestra patrón que se conserve como testigo, porque la percepción de color varía entre lotes y entre proveedores.

La uniformidad del espesor del vidrio determina la resistencia del tarro al choque térmico de la pasteurización.
Otro aspecto relevante es la resistencia a la manipulación. Un tarro de conserva se mueve muchas veces: llenado, tapado, pasteurización, etiquetado, encajado, paletizado, transporte y, finalmente, manipulación en tienda. Cada paso es una oportunidad de golpe, y en formatos grandes el riesgo aumenta por el peso. Por eso en formatos de un litro o más se trabaja con pared reforzada y base engrosada, y con embalajes que protegen el tarro durante todo el recorrido.
Etiquetado, lote y normativa por mercado
El etiquetado de conservas y encurtidos es uno de los capítulos que más retrasos provoca en el despacho, porque cada mercado exige contenidos distintos y los requisitos cambian con frecuencia. En la Unión Europea, los productos alimenticios se rigen por las normas generales de información alimentaria al consumidor, que obligan a declarar la lista de ingredientes, los alérgenos, la cantidad neta, la fecha de duración mínima o de caducidad, las condiciones de conservación y los datos del operador responsable. En España, la cadena de suministro utiliza además los estándares de identificación y comunicación de AECOC y los códigos GS1 en la gestión de referencias y trazabilidad.
En América Latina, varios países han introducido sistemas de advertencia frontal. Chile aplica un etiquetado con sellos negros que informan sobre el contenido de sodio, azúcares, grasas saturadas y calorías, y prohíbe la venta de productos con esos sellos en los entornos escolares. Perú ha desarrollado un sistema de advertencias octogonales con una lógica parecida. México cuenta con su propia normativa de etiquetado frontal para alimentos y bebidas no alcohólicas. Para un encurtido o una conserva con sal, el contenido de sodio puede obligar a incluir una advertencia, así que conviene calcular el perfil nutricional antes de diseñar la etiqueta y no después.
Para México, las botellas y tarros importados deben cumplir con los requisitos de etiquetado de información comercial y con las disposiciones sanitarias aplicables al producto. En Chile y Perú conviene confirmar los requisitos sanitarios y de rotulado vigentes antes de emitir el arte final, porque un cambio normativo entre la impresión y el despacho puede obligar a reetiquetar todo un lote en destino, con un coste muy superior al de haber verificado antes. Además, todo producto envasado debe llevar un sistema de identificación de lote que permita la trazabilidad, y ese dato debe imprimirse en un lugar del envase o de la tapa visible y legible.
En todos los casos, el envase en contacto con el producto debe estar respaldado por declaraciones de conformidad para uso alimentario. En la Unión Europea el marco de referencia es el Reglamento (CE) 1935/2004, complementado por el Reglamento (UE) 10/2011 para materiales plásticos —aplicable a la junta de la tapa— y por exigencias nacionales como la LFGB alemana. El vidrio es inerte y no plantea problemas de migración, pero el proyecto incluye la tapa, su junta interior, el barniz del metal y el adhesivo de la etiqueta, y todos ellos deben estar documentados.
Control de calidad del tarro y de la tapa
Un proyecto de conservas de cierta escala no se resuelve con una compra puntual, sino con una relación de suministro estable. Antes de la primera entrega conviene cerrar un pliego de condiciones que fije, como mínimo: capacidad nominal y tolerancia, peso del tarro, dimensiones críticas con su tolerancia, diámetro y perfil de boca, color y acabado, tipo de decoración, tipo de cierre, embalaje primario y secundario, criterios de aceptación y método de muestreo. En un envase destinado a vacío, la verificación de la boca y el ensayo de estanqueidad son capítulos propios del pliego.
El control de recepción debe ser proporcional al riesgo. En un tarro de conserva, los defectos más dañinos son la variación del diámetro de boca, que provoca fugas y falsos vacíos; las rebabas o irregularidades en el labio; las diferencias de altura que alteran la altura de llenado y el ajuste de la tapa; la inclusión de partículas o burbujas grandes, muy visibles en vidrios transparentes; y las desviaciones de color entre lotes. Un plan de inspección por atributos y por variables, con registro de medidas a lo largo del tiempo, permite comprobar si el proveedor es estable o si cada entrega es una incertidumbre.
La homologación del proveedor no termina en el tarro. Los elementos que entran en contacto con el producto —vidrio, tapa metálica, junta interior, barniz del metal, adhesivo de la etiqueta— deben estar cubiertos por declaraciones de conformidad. Además conviene acordar de antemano cómo se gestionan las reclamaciones, en qué plazo se repone un lote defectuoso y con qué criterio se decide si un defecto es aceptable. En alimentación, un proveedor que responde rápido a una incidencia vale mucho más que uno que solo gana en la comparación de precios unitarios.

Los formatos de hombro marcado permiten buena presencia en el lineal y un aprovechamiento eficiente del palé.
Embalaje, paletización y carga del contenedor
El coste logístico de una conserva o un encurtido es proporcional al peso, y en esta categoría el envase pesa mucho en relación con el contenido. Por eso las decisiones de diseño tomadas al principio —peso del tarro, capacidad, embalaje— acaban repercutiendo directamente en el coste por unidad entregada. Conviene calcular el coste total puesto en destino, y no solo el precio de fábrica, antes de decidir, especialmente cuando el producto se exporta a larga distancia.
En el embalaje primario, cada tarro debe ir protegido y separado de los contiguos para evitar roces e impactos, y la caja debe llevar separadores que impidan el contacto directo entre envases. En el embalaje secundario es esencial que la caja resista la compresión en los apilamientos largos, típicos del transporte marítimo consolidado, y que el cartón conserve su rigidez en condiciones de humedad alta. En el caso de conservas con contenido líquido, el peso hace que las cajas inferiores sufran especialmente, así que conviene dimensionar el cartón con margen y prever la altura máxima de apilamiento.
La base de la paletización europea es el palé EPAL de 1.200 × 800 mm. Para exportación a América conviene acordar de antemano si se emplea palé EPAL, palé estándar americano de 1.200 × 1.000 mm o palé de un solo uso, porque el contenedor se aprovecha de forma muy distinta en cada caso y la diferencia de coste por unidad puede ser relevante. Toda madera de embalaje destinada a la exportación debe cumplir la norma fitosanitaria internacional, con tratamiento térmico o fumigación y su marca correspondiente; el incumplimiento de este requisito deriva con frecuencia en retenciones aduaneras.
Para el transporte marítimo se trabaja con contenedores de 20 pies y de 40 pies High Cube. En conservas y encurtidos, donde el peso por unidad es alto, el límite de peso se alcanza antes que el de volumen, así que el contenedor de 20 pies resulta a menudo más eficiente para cargas completas y el de 40 pies High Cube se reserva para productos más ligeros o para combinaciones de referencias. Para optimizar esta parte del proyecto, la guía de embalaje y logística del vidrio detalla cómo se organizan el embalaje primario, la paletización y la carga según el tipo de envase y el destino.
Flete, puertos y coste por unidad
En el eje atlántico y mediterráneo, los puertos de Valencia, Algeciras y Barcelona concentran buena parte de la exportación española de conservas vegetales hacia América. Del otro lado, Veracruz y Manzanillo en México, Cartagena y Barranquilla en Colombia, Callao en Perú, San Antonio y Valparaíso en Chile y los puertos del Río de la Plata en Argentina son las puertas naturales de entrada. Para volúmenes medios, el flete marítimo consolidado permite agrupar palés con otros cargadores y reducir el coste fijo; para volúmenes altos, el contenedor completo ofrece mejor control sobre la manipulación y menos riesgo de daño.
En una categoría de márgenes ajustados, el coste logístico por unidad es una variable decisiva. Reducir ligeramente el peso del tarro, mejorar el aprovechamiento del palé o cambiar el tipo de embalaje secundario puede ahorrar una cantidad significativa en un pedido grande, siempre que no se comprometa la resistencia mecánica ni la estanqueidad. Por eso conviene analizar el coste total —tarro, tapa, embalaje, paletización y flete— y no solo el precio del envase vacío.
Definir los Incoterms con claridad al inicio es tan importante como el precio del producto, porque determina en qué punto se transfieren costes, riesgos y responsabilidades. Las condiciones FOB y CIF son las más habituales en este tipo de operaciones, pero también se trabaja con EXW y DAP según el perfil del importador. La elección debe quedar por escrito, junto con el punto exacto de entrega y el reparto de gastos de manipulación portuaria. Cuando el proyecto comparte envases con otras líneas de producto, conviene unificar criterios de carga y de embalaje entre referencias para reducir costes.
Errores frecuentes al comprar tarros para conservas
La experiencia acumulada en proyectos de exportación permite identificar los errores que más veces se repiten. El primero es elegir el tarro por precio sin verificar que el vidrio resiste el tratamiento térmico previsto. El segundo es mezclar tarros y tapas de proveedores distintos sin validar el conjunto. El tercero es no comprobar que el diámetro de boca de cada lote respeta la tolerancia. El cuarto es aprobar el color del vidrio a partir de una foto y no de una muestra física. El quinto es imprimir la etiqueta antes de confirmar los requisitos de etiquetado y advertencias obligatorias del país de destino.
El sexto es olvidar los separadores en el embalaje y confiar solo en la caja. El séptimo es no pedir al proveedor el plan de muestreo y los criterios de aceptación. El octavo es calcular el coste sobre precio de fábrica y descubrir después que el flete por peso consume el margen. El noveno es no prever la capacidad del proveedor en los meses de campaña. Y el décimo, muy frecuente, es no conservar muestras patrón firmadas de la primera entrega, con lo que cualquier reclamación posterior se convierte en una discusión sin referencia objetiva.
A estos diez se añade un error de enfoque: tratar el envase como un gasto y no como parte de la seguridad del producto. En conservas y encurtidos, donde el consumidor paga por confianza, el tarro es la garantía silenciosa de que el producto llega en buen estado a la mesa. Un proyecto bien planificado, con pliego de condiciones, muestras aprobadas y control de recepción, cuesta un poco más al principio y mucho menos a lo largo de la vida del producto.
Cómo elegir proveedor de tarros para encurtidos
Elegir fabricante no es comparar precios unitarios. Es evaluar capacidad técnica, estabilidad de suministro, alcance de personalización y calidad del acompañamiento documental. Un fabricante que trabaja habitualmente con el sector de las conservas conoce las tolerancias de boca, los pesos habituales por formato, los acabados que resisten la pasteurización y las combinaciones de tarro, tapa y etiqueta que funcionan en el lineal. Esa experiencia ahorra iteraciones y errores costosos.
Los formatos existentes son más económicos y rápidos de servir, y permiten validar el mercado con poca inversión: son la opción natural para un lanzamiento, para una referencia de hostelería o para una marca que quiere probar varios diseños antes de comprometerse. Los desarrollos a medida aportan diferenciación real y protección frente a la copia, pero requieren inversión en molde y un volumen anual que la justifique. Un buen proveedor explica con claridad cuándo conviene cada camino y no empuja a un molde nuevo cuando un formato estándar resolvería el proyecto.
Antes de cerrar el diseño conviene revisar el enfoque general de tarros de vidrio personalizados y, cuando la marca trabaja conservas en salsa o mermeladas en la misma línea, las guías de tarros para salsas con cierre Twist-Off y de tarros para mermelada al por mayor ayudan a unificar formatos y cierres entre referencias. La solicitud de muestras y presupuesto se gestiona según las especificaciones de cada proyecto, con el volumen anual estimado y el nivel de personalización como puntos de partida.
Preguntas frecuentes
¿Qué tipo de cierre se usa en tarros de conservas y encurtidos?
El más habitual es el cierre Twist-Off, con una tapa metálica provista de junta interior que se enrosca sobre una boca de rosca discontinua y genera vacío durante el tratamiento térmico. El botón central de la tapa permanece hundido mientras la conserva está sin abrir. También se emplea el cierre de cuello corto en tarros de alta rotación, que permite un tapado más rápido. La elección depende del producto, de la velocidad de la línea y del posicionamiento de la marca.
¿Qué capacidades son las más demandadas?
En España el rango de 370 a 720 ml domina el lineal de consumo doméstico, con formatos de 200 ml para aperitivo y hostelería y de un litro o más para colectividades. En algunos mercados latinoamericanos el formato de un litro tiene una presencia muy fuerte en encurtidos y conservas. Lo recomendable es fijar el surtido por canal antes de decidir la capacidad, para no duplicar moldes innecesariamente.
¿Por qué es tan importante la tolerancia de la boca?
Porque la tapa se fabrica con una geometría fija y cualquier desviación de la boca compromete el sellado. Una boca ligeramente ovalada, un labio con rebabas o una rosca mal formada producen fugas, falsos vacíos o tapas difíciles de abrir. En una línea de alta producción estos defectos no se ven a simple vista y solo se detectan cuando el producto ya está envasado, así que la medición de la boca en cada lote es imprescindible.
¿Cómo se comporta el vidrio con la pasteurización?
El vidrio resiste bien el tratamiento térmico siempre que tenga espesor uniforme y un reparto de masa que evite concentraciones de tensión en esquinas y en el fondo. Un vidrio con variaciones internas de grosor es más frágil frente al choque térmico y puede desarrollar fisuras que se manifiestan días después del llenado. Por eso la uniformidad del espesor debe verificarse con instrumentos de medida y formar parte del pliego de condiciones.
¿Qué exigen las etiquetas de conservas en Chile, Perú o México?
Chile aplica sellos negros de advertencia sobre sodio, azúcares, grasas saturadas y calorías, con restricciones de venta en entornos escolares. Perú ha desarrollado un sistema de advertencias octogonales con lógica parecida. México cuenta con su propia normativa de etiquetado frontal para alimentos y bebidas no alcohólicas. Como el contenido de sodio de un encurtido puede obligar a incluir advertencia, conviene calcular el perfil nutricional antes de diseñar la etiqueta.
¿Cómo se organiza el embarque marítimo y qué puertos se utilizan?
Se parte del palé normalizado y del embalaje secundario dimensionado para apilamiento prolongado, y se elige entre contenedor completo y flete consolidado según el volumen. En conservas, por el peso por unidad, el contenedor de 20 pies suele ser eficiente para cargas completas, y el de 40 pies High Cube se reserva para productos más ligeros. Los puertos de salida más habituales en España son Valencia, Algeciras y Barcelona, y los de entrada, Veracruz, Manzanillo, Cartagena, Callao, San Antonio y los del Río de la Plata.
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